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sábado, diciembre 29, 2012

Los buenos recuerdos


Historia de vida
Graciela Azcárate
Los  buenos recuerdos
Para mis hijos…como siempre.

San Juan de Puerto Rico. Navidad de 1989.
Para escribir buenos poemas,  hay que tener buenos recuerdos. Hay que olvidarlos… y  hay que tener paciencia de esperar que ellos vuelvan”.
Rainer Maria Rilke de Elegia de  Duino o Malte Lauridus Brigge.
No hay ninguna píldora…siempre,  siempre, siempre  hay buenos recuerdos
Canción de Couiffer
Cada vez que alguien habla de cansancio o frustración en las luchas sociales y políticas para la superación de la sociedad dominicana yo pienso en ella, y la busco y la encuentro siempre enhiesta, como una bandera que flota eternamente al ritmo del viento caribeño, símbolo de reciedumbre humana, precursora del ascenso de la mujer dominicana.”
Juan Bolívar Díaz escribió  de Josefina Padilla en el año 2001.

El  viernes 28 de diciembre de 2012 a primera hora de la mañana en mi correo electrónico encontré un mensaje de  Josefina Padilla Deschamp.
Dice  así: “Querida Graciela: Hoy al fin he leído tu correo y por supuesto tu artículo y he sentido vergüenza, vergüenza porque hasta ahora no lo había visto, realmente, tengo que decir que tuve problemas con el internet  pero también he de confesar que muchas veces se me pasan los días y no reviso mi correo. Mucho  agradezco esta comunicación tuya,  por mí, pero sobre todo por mi abuelo que aunque tarde, empieza a conocerse más, gracias al trabajo que Roberto Cassá está haciendo en el Archivo. 
Realmente,  no se cómo darte las gracias por este envío y qué puedo decirte sobre ese  artículo tuyo escrito con una prosa de tanta belleza, con tanto sentimiento y sensibilidad ante las injusticias y los desmanes cometidos por desalmados de todos los tiempos y que desgraciadamente han sufrido nuestros pueblos latinoamericanos y aun seguimos padeciendo. 
Si bien es cierto que por muchas ocasiones "no hemos dicho nada " también es cierto que en otras, la dignidad ha despertado y ahora tenemos que tener esperanza y optimismo viendo al fin como hay una juventud que se levanta digna y fuerte para denunciar los desmanes de tantos delincuentes enquistados en el poder y a la vez reclamando derechos que nos asisten y que nos han usurpado de manera desvergonzada y vil. 
 Me  alegra además mucho el que te hayas encontrado con mi abuelo del que mucho tenemos que conocer en cuanto a  nuestra historia y aprender de su patriotismo e integridad. 
Gracias, muchas gracias Graciela por tan bello trabajo y de nuevo perdona que mi  manifestación haya llegado tan retardada. 
Con reconocimiento y afecto. Josefina.”

Leerlo me emocionó. Fue como la caricia de un buen recuerdo, me sentí  tan bien… una reina consentida, una vulgar Reina Batata,  la de la canción de Maria  Elena Walsh.  
Llena de buen humor, de ganas de jugar, de hacer travesuras, de hacer un juego inteligente de palabras,  de volver a ser niña, de darle como diría el tango y aunque a mí no me gusten por machistas y pendencieros   “el esquinazo al dolor”, porque…como diría Catita aquel personaje  cómico y entrañable de mi niñez en Argentina “a la final”  una no puede pasarse la vida hablando de desgracias, de dolores,  de ausencias, de odio, ni de traición.
Sí. Una puede hablar del sol, de la buena amistad, del cariño, del encuentro con amigos del pasado, o con gente que se aparece y nos cambia la vida porque algo pasó que se cruzaron nuestros pensamientos, nuestros sentimientos y esas ganas comunes de tanta gente de hacer un mundo más lindo, más justo, mas bueno con las cosas pequeñas y cotidianas de la vida.
Ella con su correo cariñoso, después de casi tres meses me iluminó el día, me dio aliento,  me hizo sentir reconfortada y apreciada.
De lo que habló  Josefina Padilla es de una historia de vida que escribí  y publiqué el 7 de octubre del 2012.
Ese día, a primera hora, en mi terracita mientras tomaba mis mates   recordé un hecho que en 1991 marcó nuestras vidas.
Digo,  la mía y la de mis hijos. Y escribí una larga historia de vida  titulada “Solos en Santo Domingo” y puse una foto de los tres en una Navidad de 1989,  en San Juan de Puerto Rico.
La guardé, nunca la publiqué.
A aquellos recuerdos que podían ser duros,  tristes o amargos se contraponía  ese buen recuerdo de casi veinticinco  años atrás, de  este presente con esos hijos crecidos, fuertes, sanos, honrados, independientes haciendo su vida muy lejos y sin embargo tan cerca. Y me di cuenta que como mi amado poeta Rilke una siempre debe, si quiere escribir buenas historias dejar que se vayan  y esperar y dejarlos  a los recuerdos que se aparezcan en el momento y en el lugar más insospechado.
Por eso el 7 de octubre guardé “Solos en Santo Domingo” y empecé a escribir de Josefina y de su abuelo e inundé mi casa con el sonido de la guitarra interpretando “Maldito amor”.
Quince días después, la Oficina Sanitaria Panamericana me contrató para realizar una consultoría  para  festejar el 110 Aniversario de la Organización en las Américas y el 65 aniversario en el país.
Ella, Josefina Padilla era una de las voces  y actores claves de la Salud Publica  dominicana, ella había sido evocada por mí,  unos meses antes no por ella sino por su abuelo y por una amistad que se remontaba a 1986.
¡Dios mío!  pensé la vida es maravillosa y como diría  Borges “Dios acecha en un rincón del camino…”
Y me pregunté: ¿Qué cosa pasa en diciembre, en mi vida, en la historia  de los míos, en mi entorno, en mi casa, en mi vecindario que la vida se me arregla como por encanto, de pronto se ilumina como un sol personal y  llega la gente  más inverosímil, creativa, cariñosa y empática?
Gente como esa “gens” de raíz romana  que le encantaba describir a Marguerite Yourcenar.
 La gente simple de la cocina y la servidumbre doméstica  a la que era devuelta por su  antipática abuela Noemi.
A mí,  vivir entre la “gens” me sana, mi vivifica, me pone alas.
Hace más de dos meses que vivo un momento especial.
En realidad, ahora lo pienso  mientras escribo esta historia desde hace tres años estoy viviendo un momento largo de novecientos días que no sé cómo llamar.
Lo predicen los astros. Como en una pieza de Shakespeare los astros, la luna y el sol manejan mis humores.
Hace unas semanas el horóscopo predijo que hay una confluencia de astros que dan paso a una nueva vida.
Me recomendaron recordar lo que había pasado veinte  años atrás. Cuando leí mis cuadernos de notas  de esa época, cuando enfrenté la realidad de unos años duros con mis hijos chiquitos, cuando vi la cantidad de gente deshonesta y miserable a la cual  consentí para sobrevivir  y tener trabajo, cuando,  en fin, vi a cuantos hijos e hijas de la gran puta di entrada en mi vida me quise morir.
Después pasó algo  que no sabía que era, que me hizo rememorar esos momentos y mirarlos de otra manera, mirar  el otro lado de la moneda y deje pasar los días  y la gente y mis sentimientos  y mi memoria y  sobre todo mis recuerdos. Y  esperé.
Desde mediados de octubre  en que empecé a trabajar en la consultoría las fechas, los hechos las personas  se fueron sucediendo  como si un ángel personal me guiara.
El viernes 23 de noviembre viajamos a Moca a entrevistar al doctor Fernando Rojas Mejía y de golpe al iniciar la entrevista fue como una iluminación porque ese bendito hombre citó un libro que escribí hace diez años,  entre 2000 y 2002.
Era  la historia de la OPS en República Dominicana.
Nunca nadie me dijo nada del libro, si lo habían leído, si era útil, si les gustaba o no.
Pensé,  como tantas cosas que era como dicen algunos escritores un trabajo alimenticio para pagar las facturas, el arriendo o las deudas. Pero no. De pronto ese hombre citó el libro y yo evoqué el susto, el miedo, mi voz  y mis rodillas temblorosas cuando leí  las palabras de la puesta en circulación el 25 de noviembre de 2003 en la Universidad Católica.
Ese día me acompañó mi hijo más chico,  Juan Miguel y siempre  al evocar ese día nos reímos de mi soberano susto.
Cuando regresé  de Moca, ese buen recuerdo  me llevó a  escribirle a Juanito para contarle que aquello que nos aterraba se  había convertido en  un buen recuerdo  y que el libro con la historia de la salud del pueblo dominicano sí había servido para algo más que pagar las cuentas de una consultora y de sus hijos.
Y después me fueron pasando esas cosas que tal vez empecé a evocar hace tres años en un diciembre del 2009, cuando Juan Bolívar Díaz y Federico Henríquez Gratereaux me visitaron a fin de año en mi casa  y yo inicié  con “Guárdame en tu corazón” esa larga ruta  de historias  de vida,  esa ruta que traza  Jorge Luis Borges en su poema   donde sin saberlo y al compas de los recuerdos  se indaga y se planta como un flecha de plata en lo indecible, mientras espero que los buenos recuerdos regresen, mientras me dejo bañar por esos portales de luz que dicen que se fueron abriendo  el 12 de diciembre   o  el 21  y me doy cuenta que treinta años después fue elegíaco  haber llegado a Santo Domingo como “una corza asustada abrazada a mis hijos”,   que fue la semilla  de esos futuros recuerdos que nacieron en una Navidad en  Puerto Príncipe, que se forjaron  solitos en esa otra Navidad  en San Juan de Puerto Rico,  que se fueron consolidando a lo largo de tantas Navidades  dudando  de si íbamos a poder seguir adelante,  si la fe y la esperanza no se iban a ir volando por ahí.
Esta de ahora  es una Navidad distinta que me hace evocar la biografía escrita por Elena Poniatovska  sobre la vida de Leonora Carrington y una frase final  con la que cierra ese bello libro.
La anciana pintora  le pregunta a su joven amiga: -Pepita, ¿dime…  me voy a morir?
- No, Leonora, no  te vas morir solo te vas a transformar.
Fuentes: