ARTÍCULOS DE OPINIÓN
Gobierno y sindicatos: un combate sin épica
¿Ganará este pulso el Gobierno, por ser el más fuerte? No; perderán los sindicatos, porque son el último eslabón de una cadena social entretejida a base de debilidad y vulnerabilidad
23.02.12 - 03:41 -
PEDRO LARREA |
La reforma laboral del Gobierno es «justa, buena y necesaria», dice el presidente Rajoy. Los sindicatos replican: «Es injusta con los trabajadores, ineficaz para la economía, inútil para el empleo». La confrontación está servida. A las multitudinarias manifestaciones del pasado domingo seguirán otras movilizaciones, como las convocadas para el próximo 29 de febrero, o, incluso, una huelga general. Gobierno y sindicatos frente a frente. ¿En qué condiciones llegan ambos a la pelea?
El Partido Popular acaba de ganar abrumadoramente las elecciones del 20N. Cuenta, por tanto, con la legitimidad política y el respaldo democrático necesarios para emprender las reformas económicas que el país precisa. Un electorado angustiado por la crisis y decepcionado por la gestión del Ejecutivo anterior le ha reclamado que adopte medidas drásticas, sin titubeos ni paños calientes. Nadie podrá acusar al PP de que la reforma laboral no se atiene a las expectativas creadas. ¿Que su eficacia no es demostrable en el corto plazo? Pero es contundente y efectista. Y si la recuperación económica se asienta sobre la confianza, ésta exige demostraciones claras de determinación y firmeza.
Alrededor de Rajoy y su Gobierno planean, no obstante, ciertas dudas y sombras. Primera y fundamental: ¿caminamos en la dirección correcta? Voces muy autorizadas (y que no provienen sólo del coro neokeynesiano liderado por los Nobel Stiglitz y Krugman) dicen rotundamente que no. Una dosificación inapropiada de los dos fármacos en juego (la austeridad que prioriza Merkel versus la estimulación que ha preferido practicar Obama) puede agravar la enfermedad y retardar la recuperación. Un forastero despistado preguntaría inocente: Si las políticas ultraliberales de la derecha han provocado la catástrofe actual, ¿cómo es posible que esa misma derecha se ofrezca ahora para rectificar y sanar lo que ella maltrató? Y si en Estados Unidos han rectificado, ¿por qué en Europa no? O también: ¿lo que ha desarreglado la desregulación financiera se cura con desregulación laboral?
Tras la determinación y firmeza de que intenta hacer gala el PP se esconde un cúmulo de debilidades. Veamos. La crisis estalla en un lugar impensable, el país más rico del mundo. Quien se postula como el gran protector del planeta contagia a todos los demás. Una de las economías más indefensas ante la pandemia es la española, por culpa, entre otros factores, de la estrategia 'ladrillera' impulsada por los Gobiernos socialistas..y populares. Alemania trata de imponer a los demás colegas europeos su modelo de disciplina fiscal, porque está aterrada ante la eventualidad de que se agraven sus problemas internos (riesgos bancarios, crecimiento ralentizado, deslocalizaciones, frenazo a sus exportaciones, envejecimiento demográfico). El PP acude a las elecciones generales sin proyecto propio, limitándose a rentabilizar la torpeza de un Gobierno que merece ser castigado en las urnas. Nadie le exige presentar en la campaña planes concretos de reforma financiera, fiscal, tributaria o laboral. El electorado cree en lo que no ve.
Vayamos al otro frente. Los momentos más felices del sindicalismo español, y del europeo, han pasado. Al finalizar la segunda guerra mundial, Europa se dotó de un nuevo pacto social. La izquierda renunciaba a la revolución a cambio de que los Estados ampliaran los derechos reconocidos a sus ciudadanos. En adelante, la carta de derechos del individuo incluiría un elenco de derechos sociales. El Estado liberal se convertía en un Estado social de derecho, dentro del cual los sindicatos estaban llamados a jugar un destacado papel. Se trataba no ya de derribar el sistema, sino de coadministrarlo para repartir el bienestar. La lucha de clases, en su sentido más tradicional, quedaba abolida.
El conflicto, por otro lado, se 'nacionalizó'. El universalismo proletario pasó a ser pura retórica, dado que la 'administración del reparto' tenía lugar en el ámbito de cada Estado. Progresivamente, la gestión sindical se fue corporativizando, convirtiéndose los sindicatos en agrupaciones de afiliados para la defensa de sus intereses. Más tarde, la desindustrialización de las economías contribuyó a restar influencia al movimiento sindical. De este modo, el sindicalismo occidental del bienestar ha terminado atrincherado tras una serie de fronteras, fuera de las cuales quedan los pobres del Tercer Mundo, los explotados en los talleres de los países emergentes, los inmigrantes, los parados no afiliados, etc.
Finalmente, la irrupción de la crisis ha puesto al descubierto el adocenamiento de unos sindicatos transformados en organismos sólo aptos para vivir en entornos de crecimiento y bonanza. Porque ahora llueven las preguntas: ¿Cuáles son las propuestas que ofrecen hoy a la sociedad española? ¿Dónde están los proyectos de economía, desarrollo y empleo planteados a escala global? ¿Qué concepto de reparto les ha guiado durante los años de la abundancia. ¿Y qué hacían en estos meses de paro galopante hasta el día en que el Gobierno anunció la reforma?
Suben al ring dos púgiles tocados. No será un combate con ribetes épicos. La credibilidad del discurso político y del quehacer sindical está en entredicho. ¡Ojalá fuera un mero asunto de credibilidad! Pues, como señala Alain Touraine, es muy probable que ese descrédito apunte a un problema más profundo, el agotamiento de un modelo de vida social, cuyos actores tradicionales (gobiernos nacionales y sindicatos, entre otros) han perdido protagonismo y centralidad. Nada volverá a ser como ayer. Entre tanto, ¿ganará este pulso el Gobierno, por ser el más fuerte? No; perderán los sindicatos, porque son el último eslabón de una cadena social entretejida a base de debilidad y vulnerabilidad. http://www.diariovasco.com/
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