Wilfredo Lozano clave@clavedigital.com jueves, 7 de enero de 2010, 01:00 a.m.
Lo que deben asumir los partidos es el reto que este casillero vacío representa, pues de instrumentarse la propuesta del casillero vacío y no reunir éste “muchos votos”, los partidos saldrían muy fortalecidos, como creo que ocurriría. El reto de los partidos en ese caso es, pues, el de fortalecer su legitimidad “cubriendo el vacío del casillero” con sus votos.
Lo contrario -rechazar el casillero vacío- demostraría debilidad y miedo, puesto que de hecho indicaría que el cemento legítimo del sistema de partidos no sería la capacidad de convencimiento de la población, acerca de la pertinencia y justeza de sus propuestas, sino el potencial clientelista del que está dotado nuestro sistema político, a partir de la evidencia de que el Estado se maneja como un bien personal de quienes gobiernan y de que los partidos en realidad constituyen federaciones de grupos corporativos.
Los temores de desestabilización de las conquistas democráticas alcanzadas por el país y, en particular, la legitimidad del orden político ante esta propuesta deben desecharse, pues, lejos de debilitarse nuestra democracia, a mi juicio, esta opción puede fortalecerla. Por lo demás, si el casillero vacío sale derrotado, los partidos aumentarían enormemente –como dijimos- su legitimidad, al derrotar una opción que directamente cuestiona la totalidad de opciones partidarias y de candidatos (as).
A la hora de pensar la propuesta del grupo de ciudadanos (as) que enarbolan la tesis del casillero vacío como opción electoral, los honorables miembros de la JCE deben pensar, más que en las dificultades técnicas que, ciertamente, el casillero vacío puede plantear, en si esta posibilidad amplía o no las libertades ciudadanas.
Yo pienso que, en efecto, la opción del casillero vacío hace del proceso electoral un ejercicio más libre, aunque admito que esto es un asunto a discutir en términos de filosofía política, como también -y de modo más mundano y realista-, en términos de los riesgos que la política clientelar correría ante esa posibilidad. La cuestión consiste, entonces, en preguntarse, más allá del símbolo mismo del casillero vacío, en qué podría consistir su eventual triunfo y si el mismo, en caso de ocurrir, estaría condenando moralmente el ejercicio político del certamen electoral.
Este es un serio asunto que reta a la política vernácula. Al menos dos posibilidades podrían reconocerse: que el voto por el casillero vacío, para triunfar, debería sumar más que la totalidad de votos de partidos, posibilidad que es muy difícil que ocurra; queda también al menos otra: que el voto por el casillero vacío supere al partido más votado, lo que pondría en entredicho a ese partido y, naturalmente, a todos.
En cualquiera de los casos, los números que cubran el casillero vacío técnicamente no negarían los alcanzados por los partidos, por pequeños que estos últimos sean.
Como vemos, nuestra democracia podría fortalecerse con la posibilidad del voto que favorezca al casillero vacío y, si bien a través del mismo no se estaría llevando a nadie a ocupar posiciones elegibles en el Estado, se estaría indicando moralmente la inconformidad con el orden político realmente existente, al menos en términos de opciones electorales, lo que en cualquiera de los casos, a nuestro juicio, fortalecería la vida democrática dándole cauce institucional al disenso. http://www.clavedigital.com/App_Pages/Opinion/Firmas.aspx?Id_Articulo=16564
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