jueves, julio 16, 2009

Una mujer está sola

SOBRE EL TIEMPO PRESENTE
Andrés L. Mateo
Escritor. Narrador y ensayista.
http://www.clavedigital.com/App_Pages/Opinion/Firmas.aspx?Id_Articulo=15203
clave@clavedigital.com jueves, 16 de julio de 2009, 01:00 a.m.

Una mujer está sola

Me impresionó el titular del diario: “Dejaron sola a Aura Celeste”, y me asaltó de inmediato el poema de Aida Cartagena Portalatín “Una Mujer está sola”. Los escritores son seres ilusos que atribuyen una exorbitante dignidad a la sintaxis predicativa, y en cuestión de segundos me oí recitando el poema: “Una mujer está sola. Sola con su estatura/ Con los ojos abiertos. Con los brazos abiertos/Espera en la desesperada y desesperante noche/sin perder la esperanza”.

La noticia refería el hecho de que casi todos los miembros de la JCE votaron en contra de la solicitud de transparencia de la magistrada Aura Celeste Fernández, cuyas rectas obstinaciones suelen convertirla en un personaje quijotesco, en un ser extraño que ha cometido el loco error de tomar la vida como una epopeya: “Una mujer está sola/ Piensa que ahora todo es nada/Y nadie dice nada de la fiesta o el luto/De la sangre que salta, de la sangre que corre, de la sangre que gesta o muere de la muerte”.

La honestidad es una hipótesis inútil y costosa en nuestro país. Pero para que haya una sociedad, un mundo que regule la interactuación social, es necesario que ciertos valores se tomen en serio. En el cielo inteligible de la dominicanidad ha desparecido toda posibilidad de encontrar valores. Casi estamos condenados a ser corruptos. Los existencialistas siempre proclamaron que el ser humano no es otra cosa que lo que él se hace. Entonces pensé que Aura Celeste tenía su soledad muy merecida, y que los dominicanos no podemos escapar al sentimiento de su total y profunda responsabilidad al asumirla: “Una mujer está sola/Nadie se adelanta ofreciéndole un traje/ para vestir su voz que desnuda solloza deletreándose/Una mujer está sola. Siente, y su verdad se ahoga/ en pensamientos que traducen lo hermoso de la rosa/ de la estrella, del amor, del hombre, de Dios”.

Esa soledad no debe ser entendida como el límite mismo en el que el imaginario criollo fija la inutilidad de la lucha contra la corrupción, sino como la cola, la sombría, estúpida y trágica historia de un país cuyas élites han convertido el latrocinio en algo natural. Habría que volverse superfluo, soñar con tener un destino, atravesar el valle de lágrimas del país sin emoción, para no hundirse en el sudario irremediable de la soledad. Entonces, el titular del diario me regocijó. Se pueden sustituir los ruidos de la soledad con inscripciones imborrables, y los sablazos que el desparpajo de la indiferencia nos provoca ser transformados en epifanías.

Mientras leía la información seguía pensando en mi amiga Aida Cartagena Portalatín, porque un ser que se compromete en la vida dibuja su figura y, fuera de esta figura, no hay nada. Es así como debe seguir Aura Celeste, en soledad. Porque, “Una mujer está sola/Sujetando con sueños sus sueños/ los sueños que le restan…”