martes, diciembre 16, 2008

Una obra de valía de Giovanny Cruz

Una obra de valía de Giovanny Cruz
Tony Raful - 12/16/2008

Un semidiós es casi un dios pero no lo es. Un semidiós debe estar cerca de Dios, es como un vice de Dios; su proximidad al absoluto lo inviste de ciertos poderes, atrae determinadas áreas y espacios donde conquista y se exhibe orondo: no es un dios, no lo alcanza porque sus glóbulos y átomos tienen fecha de expiración. Dios es infinito, imperioso e imprescindible, un semidiós es necesario pero limitado aun en sus aciertos y entuertos. Giovanni Cruz es el semidiós del teatro dominicano pero no conspira contra Dios, conoce bien los destinos de los “vices”, de lo “semis”, de todo lo que se percibe como sustituto de alguien.

Tiene la suficiente capacidad intuitiva para gobernar abajo, en los circuitos de la materia y sus creaciones finitas, de asomarse como un fresco, como un libertino, que hace con barro espurio e imaginación adulterina la recreación de todos los escenarios de la vida que es teatro, el gran teatro del mundo, con los magníficos actores que somos todos los seres vivientes tocados por atributos racionales.

Desde que Giovanni comprendió que cada uno de nosotros elige su papel en la obra de su vida, que suplanta los roles, que retoma las mil máscaras griegas, que usa el torniquete de las emociones y se planta a vivir su vida fragmentada en estaciones como si cada actuación fuera él, que es todas ellas y ninguna, ha presentado obras de un interés valioso y enriquecedor del teatro dominicano. No busquéis a Giovanni sino en las profundidades sicológicas y sociales de su tiempo, no entretiene sino que hurga, muestra las llagas, las reproduce intactas para que el acto de reír sea al mismo tiempo un desgarramiento, una dualidad del alma y de los sueños, una contradicción que refute el orden lineal de los sacramentos, la víscera purulenta de una sociedad injusta, el proceder falsario de la pirámide social, y sobre todo, el alocamiento de todos los personajes, aptos para todas las representaciones, en ese péndulo del instinto o del pecado.

Si Giovanni acude presuroso a contar historias es porque sabe que todos las hemos vivido, que en el campo frondoso de la inconsistente mente humana caben todas la imágenes, que se viven como reales o imaginarias pero con efectos parecidos en el torcido ámbito del mórbido placer, porque hay detrás de la especie una falla sistémica que convierte toda la aventura del vivir en una repetición cíclica del corazón humano, que no admite evolución ni saltos en los sentimientos y en los deseos.

Giovanni Cruz acaba de presentarnos su obra “Barrio 7 tumbas” en dos actos, con una actuación portentosa de Giamilka Román y de él mismo, que impresiona al verla y también al recordarla. En un riesgo altamente temerario por las complejidades de los personajes, Cruz navega airoso en caracterizaciones sorprendentes. Siete personajes, el fantasioso Sote, la autosuficiente Hermelinda, la atormentada Guillermina, el pervertido Sixto, la resentida Gringa, el desviado Tipo Tipa y la misteriosa Madame Brigitte, cuentan sus historias con una gracia inusitada pero sobre todo con un ejercicio de identidad que asumen tanto Giovanni como Giamilka, que logran que el público se identifique con ellos. La jocosidad, el clima interior de los personajes, el ambiente social, la fantasmagoría espiritual, las figuras históricas que revolotean, la cotidianidad elevada a categoría de vida plena en los suburbios, la violencia como posesión y dominio, la oscuridad de las almas, todo ello en un ensamblaje de actuación, en el cual, tanto Giovanni como Gialmika, encarnan los personajes con destreza y entrega total.

Creo sinceramente que estamos ante la presencia, en el caso de la joven actriz Giamilka Román, de una de las actrices más talentosas y brillantes del teatro dominicano actual. Su plasticidad, sus mutaciones, su incorporación verbal y emocional en cada uno de los dramas interpretados, su belleza prorrateada en las tablas, la convierten a ella misma en un personaje de valía de la actuación auténtica, profesionalmente activada en un corral de farsantes.

El final expectante de esta obra de Giovanni Cruz no puede ser más sugerente e interesante. Todos los personajes víctimas del agravio homicida siguen viviendo como si no hubiesen muertos, en un campo neblinoso y astral, donde supuestamente las almas no reconocen la muerte porque siguen apegados emocionalmente a la vida que llevaban, y en esa reproducción viven infinitamente sus propias miserias, sus nieblas espirituales, en una confusión de dolor y pena, en una escenografía de ruinas y sombras, hasta que en ese infinito que son sus propias energías aún no disueltas, encuentren la supresión de todo hálito y el enjuiciamiento justo de “Aquel”, como dice Dante en la Divina Comedia, “que mueve los cielos y las estrellas”.

http://listin.com.do/app/article.aspx?id=84715 Martes 16 de Diciembre del 2008, actualizado 1:56 AM